Colombia, la noche en que el país se miró a los ojos
El domingo, millones de colombianos esperaron horas frente a una pantalla para conocer un resultado que tardó en decidirse. Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda quedaron separados por apenas un punto porcentual: menos de 250.000 votos en un país de casi 53 millones de personas.
Ese número dice algo más profundo que cualquier nombre propio: Colombia volvió a reconocerse como un país partido casi en dos mitades.
Para unos, la noche fue alivio y celebración después de mucho esperar. Para otros, fue una herida abierta, la sensación de estar tan cerca y no lograrlo. Ningún sentimiento es más válido que el otro; ambos son reales y ambos pesan igual.
En medio de la tensión, las autoridades pidieron calma mientras avanzaba el escrutinio, y los candidatos respetaron ese proceso antes de hablar de victorias definitivas. Pedir calma en medio de la incertidumbre no es debilidad: es, quizás, lo más valiente que puede hacer un país dividido.
Pasarán los días y se conocerá el resultado oficial. Pero algo quedará más allá de cualquier nombre: la imagen de una Colombia que, dividida y agotada, sigue confiando en que el futuro se decide votando.
Y eso, más allá de cualquier resultado, vale la pena celebrarlo.



